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El impacto que tiene desenredar el caos en tu sistema familiar.
por: Aislinn Derbez

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El objetivo de la vida desde mi punto de vista es crecer y liberarte de cualquier creencia o condicionamiento, pero ¿de qué manera nos podemos liberar? Para empezar, nuestra invitada de honor por segunda ocasión, la psicoterapeuta corporal, especialista en intervención en crisis, traumatóloga de campo y terapeuta sistémica familiar, Marisa Artigas, es de la opinión de que cuando no sepamos qué hacer o cómo responder a una situación determinada, volteemos a ver el cuerpo, poniendo atención en si nos sentimos cómodos o incómodos. Después, ella propone explorar y revisar nuestra narrativa, es decir, explorar y revisar todas aquellas creencias y patrones que hemos heredado y de los cuales no somos conscientes aún. Esto con la finalidad de distinguir qué es lo que necesitamos desechar de nuestra vida. Atendiendo de manera muy precisa todo aquello que rechazamos, ya que eso que juzgamos vamos a tender a recrearlo. En esta capítulo 6 del podcast (que es continuación del capítulo 4) tocamos varios temas sensibles como el perdón a los padres, la aceptación de nuestras circunstancias imperfectas, el modelo de madre sufridora, devota, que se niega a sí misma que tanto emulamos (aunque nos quejemos de él), el daño que provocan los secretos familiares, cómo afrontar la violencia que vivimos como colectivo y la manera en que podemos impactar de manera positiva en nuestro sistema familiar si decidimos movernos del sufrimiento y del papel de víctima hacia un lugar mucho más sano y auténtico.

De acuerdo con Marisa, el objetivo de las constelaciones es liberarte de todas las cargas de tu pasado, liberarte de todas las creencias, liberarte de los traumas que traes cargando de tus papás y de tus ancestros. Ella propone que de entrada, lo primero que hay que revisar es eso que tanto rechazamos. Muchos emitimos grandes juicios sobre lo que nuestros padres hicieron en nuestra historia y decimos “yo no quiero ser como mi papá” o “yo no quiero ser como mi mamá” pero no nos detenemos a entender que hicieron lo que pudieron (para bien o para mal). Yo por ejemplo, desde el momento en que tuve a mi hija en mis brazos experimenté una serie de flashbacks sobre lo que mi mamá sintió y vivió cuando yo nací y empezó una lucha interna dentro de mi de “querer darle a mi hija todo lo que ella (mi mamá) no me dió”, de no querer repetir sus errores. Y el efecto fue volverme más como ella: me cache teniendo actitudes suyas que a mi no me gustaban de niña y haciendo cosas que yo siempre le critique. En pocas palabras, comencé a repetir eso que tanto rechazaba y juzgaba. Por ello, creo que es muy importante lograr perdonar a los padres desde el punto de vista de “date cuenta que hicieron lo mejor que pudieron con las herramientas que tenían”. Pero perdonar en serio, es decir, convertir todo ese dolor en consciencia y sabiduría, (no guardar rencor (dolor) en lo más profundo de nosotros porque eso no nos va a permitir extraer por completo la sabiduría de determinada experiencia). Sin embargo, aquí Marisa difiere conmigo, ella afirma que el perdón es una concepto que debemos manejar con sumo cuidado y que no se debe aplicar hacia nuestros padres. Para Marisa si tu dices “perdono a mi papá y a mi mamá” te estás colocando por encima de ellos a nivel jerárquico, entonces propone lo siguiente: entrar en una comprensión de que papá y mamá, bajo la circunstancia (imperfecta) que haya sido, te dieron la vida y ESO es suficiente. Ya que si continuamos en la narrativa de juicio y decimos “esto es bueno”, “esto es malo”, quien juzga no es la persona adulta, sino nuestro infante. Básicamente, la propuesta de Marisa (la cual me hace mucho sentido también) consiste en mirar más amplio y movernos de la narrativa de “no me diste, pero te perdono (no obstante, por eso le voy a dar eso que no me diste a mis hijos a manos llenas)” a “no me diste, sin embargo aquí estoy y a pesar de tu imperfección, soy lo que soy gracias a eso”. Así como entender que los padres son seres humanos y sus actos (la mayoría de las veces) vienen desde un movimiento de amor; por ejemplo, en el caso de un papá o mamá con un tema de adicción que toma distancia de sus hijos, quizá la decisión se deba a que su alma sabe que es tóxico si se queda mucho tiempo con los hijos y se va como un movimiento de amor hacia ellos, no como un abandono.

Por otra parte, según Marisa cuando nos encontramos demasiado cómodos con nuestra narrativa y no estamos abiertos a un cambio, tenemos que asumir la consecuencia de seguir haciendo lo mismo sin queja alguna, porque de otra manera estaríamos alimentando a “la víctima”, a esa parte que todos tenemos en donde nos decimos “pobrecito de mi”. Además de que puede ser adictivo este papel de víctima, cuando ya estamos crecidos y nos quedamos atorados en este rol, es decir, seguimos percibiéndonos como víctimas de lo que nos hicieron nuestros padres o las condiciones en que crecimos, nos volvemos peligrosos. Nos atoramos en la narrativa característica de la víctima de “me la debes y entonces te la voy a cobrar de alguna forma si o si”. Cuando en realidad mientras sigamos en una postura de juicio (desde nuestro infante) vamos a tender a recrear dicho juicio. Todo aquello que juzgamos se nos va a seguir presentando en la vida en diferentes escenarios hasta que lo resolvamos.

Ya más entradas en la conversación le comenté a Marisa que a mi me impacta la manera en que, a partir del trabajo interno que yo he realizado en constelaciones con ella, he percibido cambios en todo mi sistema familiar. Y su explicación sobre la importancia y el poder de las constelaciones fue la siguiente:

“Todos formamos parte, a muchos niveles, de una tribu o sistema. Es como si tuvieras una bola de estambre que está unida a tus papás, tus abuelos, tus bisabuelos, etc. y si en este momento estás tú con tu bola de estambre aquí con sufrimiento, exploras ese sufrimiento, lo trabajas y lo trasciendes, eso te libera y te permite moverte. Si te mueves vas a jalar ese estambre que estás cargando y por ende, vas a jalar a todos los demás.”

Sin duda, creo que movernos hacia un lugar más auténtico y romper con los patrones es algo que todos deberíamos perseguir; sin embargo, también abordamos el tema de qué pasa cuando alguien toma la decisión de no moverse y Marisa explicó que esa persona debe asumir las consecuencias, (aún cuando eso haga peligrar el vínculo). Marisa nos compartió un poco de teoría citando al creador de las constelaciones familiares, el maestro Hellinger, y explicó que todos los seres humanos tenemos una buena y una mala conciencia. La buena conciencia es lo que el sistema familiar está esperando de ti y la mala conciencia es lo que nos dicta el corazón. Aunque a veces lo que dicta el corazón va en contra de lo que el sistema familiar está esperando de ti. Por eso Hellinger sostenía que si queremos vivir plenos deberíamos seguir a la mala conciencia.

Ahora, de acuerdo con Marisa, si entendemos que somos una unidad que proviene de dos unidades, que a su vez, vienen de cuatro unidades, que vienen de ocho unidades (entiéndase unidades como organismos vivos, ancestros), podemos comprender que nuestra vida no comenzó con papá y mamá, sino que viene desde mucho más atrás, de todos aquellos que tuvieron la fuerza de sostener la vida. De esta manera, se va a tender a recrear hacia abajo lo que no se resolvió arriba, dicho en palabras de Marisa: “lo que en una línea generacional se convierte en un secreto, una o dos generaciones abajo se convierte en un síntoma”. Estos secretos que ella menciona hacen referencia a “esas cosas de las que no se habla en la familia” como: adicciones, desaparecidos, enfermedades mentales o motrices, infidelidades, abandono, hijos no reconocidos, gente que tuvo varias familias, preferencias sexuales (no aceptadas por la familia) o suicidio. ¿Quién no tiene algún secreto de esta índole en su familia? Es absolutamente normal. El problema no radica en que existan dichas situaciones, sino en que si se convierten en un secreto o algo tabú, se van a tender a recrear dichas situaciones o dinámicas.

Otro tema que me encantó poder tocar con Marisa fue la maternidad “consciente”. La verdad es que a mi me preocupa mucho que mi hija crezca sana no sólo física, sino emocionalmente y que no arrastre creencias o traumas míos; por eso me enfoco tanto en trabajar en mi misma y limpiar lo que no me sirve para convertirme en una mejor persona. Porque sé que lo único que le va a enseñar a mi hija es mi ejemplo de vida, no lo que yo le diga o la eduque, sino quien soy y cómo soy yo; eso es lo que ella va a absorber. Volviendo al tema central, me encanta la perspectiva que Marisa tiene sobre el ser madre, desde su punto de vista, los hijos obligan a las madres a crecer, no como madres, sino como mujeres. Ella sostiene que si tú como mujer disfrutas lo que eres, disfrutas tus partes luminosas e infernales, eres serena, logras jugar ese equilibrio, te vives divina con lo que comes, duermes, descansas, cumples tus necesidades fisiológicas y vives en plenitud, tus hijos estarán seguros en el mundo contigo y aunque no lo creas, también sin ti. Yo en lo personal creo que estamos demasiado acostumbrados a la madre incondicional - devota - que se abandona a sí misma - que es mamá antes de ser mujer y que cree que el darle todo a sus hijos y sacrificarse por ellos es algo positivo que les va a traer un bien, cuando en realidad es al revés. Marisa y yo concordamos en que ese concepto de madre lo único que le enseña a nuestros hijos es a abandonarse y a que necesitan rescatar a mamá. Marisa propone que dejemos de lado esa imagen de “lo que una madre debería ser” porque en la práctica mete en choque a los hijos y éstos van a tender a huir de ese tipo de madre o quererla rescatar… Recreando ambas posibilidades en otro lado, como por ejemplo la pareja. De acuerdo con ella, lo mejor que podemos hacer es disfrutar nuestro rol de madres (elegido) sin abandonarnos en el proceso, porque de esta manera nuestros hijos nos verán felices y podrán disfrutarnos en todos los sentidos.

Finalmente, platicamos sobre la cantidad de violencia que estamos viviendo como colectivo y llegamos a la conclusión de que la única solución es empezar a cuidarnos entre nosotros. Y con esto no me refiero a proteger únicamente a nuestra familia cercana de los peligros del mundo, sino a comprender que hombres y mujeres nos necesitamos para crear una sociedad empática. Marisa lo planteó como: ¿qué tipo de célula quieres ser? Y reflexionando, las dos concluimos que el cambio empieza en cada persona, en su espacio, en su casa, ya basta de sólo señalar culpables. Tenemos que meditar ¿qué de nuestra propia violencia (que no tenemos resuelta) se está reflejando afuera? El problema se tiene que resolver desde adentro y antes de que suene demasiado espiritual, quiero destacar que me refiero también a las bases de las nuevas generaciones, eso que van a tener adentro toda su vida: es decir, así como le enseñamos a los niños a sumar y restar, deberíamos de estar igualmente ocupados en enseñarles a cultivar inteligencia emocional, a descartar el juicio, a ser empáticos y ser resilientes. Creo que si bien se están reestructurando muchos conceptos porque las instituciones están modificándose, es importantísimo dejar de formar parte de dinámicas que nos incomodan y atentan a nuestra integridad, así como proveer de herramientas útiles para la vida a las nuevas generaciones.

Todos (hombres y mujeres) tenemos la responsabilidad de explorarnos y conocernos, de ubicar la narrativa que estamos viviendo y soltar el papel de víctima de nuestras circunstancias. Las herramientas o el tipo de terapia que decidamos elegir para llevar a cabo este proceso es muy personal, sin embargo, es un hecho que todos tenemos la responsabilidad de hacernos cargo de nuestra propia existencia y “estar crecidos” para poder ser un lugar seguro para las generaciones que vienen.

La Magia del Caos - Un Podcast de Aislinn Derbez